Esta relación puede ser afectiva o consanguínea. La familia en la cual naces y creces puede condicionar tu futuro, tu forma de pensar, tu sistema de valores, tus gustos… En el caso de Abigail, hay dos cosas que siempre estuvieron presentes desde que nació: la música y el amor.
Abigail nació en Mérida, región de los Andes venezolanos. Desde muy pequeña manifestó interés por el arte. Estuvo, además, rodeada de un universo sonoro: su papá tocaba la guitarra, su mamá cantaba y, como su núcleo pertenece a la religión evangélica, se inició entonando ritmos dedicados a Dios. De niña, comenta que tarareaba temas con su mamá y esta la elogiaba porque era bastante “afinadita”. Gracias a su versatilidad, durante sus primeros años, pasó de integrar diferentes coros a formar parte de una banda de rock. El canto ha sido determinante en su vida y en las decisiones que toma, una de ellas, venirse a Uruguay en el año 2018.
Comenzó formalmente a estudiar a los 16 años en un coro perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela.
“Cuando entré al coro, ahí fue que empecé a estudiar de manera académica. Porque el coro, en los primeros meses, fue catalogado como semiprofesional y nos empezaron a pagar una beca. Teníamos que cumplir con ciertos requerimientos. El primero era ver obligatoriamente clases de teoría y solfeo, dos veces a la semana, y clases de canto lírico, una vez a la semana. Se sumaban las asistencias. Entonces, si yo faltaba, de manera injustificada, me sacaban la beca del mes”.
Mientras me habla de su paso por el coro, interrumpe la charla para atender a su perro, que estaba indispuesto del estómago y vomitó. Su novio, Carlos —o Carlitos, como ella lo llama— la ayuda. Carlos es, actualmente, su “familia” en Uruguay. Lo conoció en la Escuela de Arte Lírico del Sodre (ENAL). Él es cantante también. Abigail ha sabido recrear su propio hogar en Uruguay. Mientras Carlos limpia, ella calma a Tommy, su mascota. No es nostálgica, a pesar de la enorme conexión que tiene con sus padres. Y entiendo que no lo sea porque verlos a los tres juntos es entender que la resiliencia y el amor se manifiestan en las situaciones más cotidianas.
Cerca de sus 20 años, Abigail se enfrentó a un gran debate: dejar la música o seguir. Para ese momento, continuaba en “el sistema”, había conseguido logros importantes como, a su corta edad, ser solista en la Novena sinfonía de Beethoven, obra de gran dificultad para una mezzosoprano. También estudiaba medicina en la Universidad de los Andes. Era tanta la presión que manejaba con ambas carreras que tenía que tomar una decisión: seguir el juramento hipocrático o atender el llamado de Santa Cecilia. “Yo pensaba en dejar la música y me ponía a llorar. Y pensaba en dejar la medicina y era como, bueno, un alivio”, me comenta. Apoyada por su padre, decidió seguir con la música.
En la ópera La Boheme de Giacomo Puccini, Rodolfo y Mimi, los personajes principales, se enamoran instantáneamente. Este amor repentino, al mejor estilo de Romeo y Julieta, se va acabando por el golpe de la realidad: los celos, la pobreza y la enfermedad. Al final, como en muchas de las óperas en esta época (segunda mitad del siglo XX), la protagonista muere. Y aunque parece una trama añeja, la ópera sigue convocando a cientos de espectadores. Por eso, a pesar de ser una profesión algo exclusiva, el canto lírico capta la atención de muchos jóvenes que buscan el éxito en las tablas. En Uruguay, la ENAL, fundada en 1986, es la única escuela profesional en este arte y es en donde Abigail está por graduarse.
Antes de ingresar a la ENAL, ella era estudiante de música de la Universidad de Los Andes en Venezuela y pertenecía al sistema de orquestas de su ciudad. Tenía la firme idea de ser cantante lírica profesional, pero nuevamente se encontró en una encrucijada: la de irse o quedarse.
Comenzó formalmente a estudiar a los 16 años en un coro perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela.
Yo me vine por los estudios, específicamente. Todos sabemos que la situación en Venezuela es complicadísima… Llegó un momento, en la universidad, que los profesores se fueron yendo, yendo… Hubo un punto que, cuando yo fui a inscribir el próximo año, había profesores que ya no estaban, había materias que no podía inscribir porque no había docentes. A su vez, yo veía clases con el maestro Christophe Talmont, que es francés y vive allá en Venezuela. Él vivía en Venezuela porque su esposa es venezolana. Y yo no quería irme para no dejar de ver clases de canto con él. Él fue el que me trabajó toda la técnica. Y no quería irme por él. Llegó un punto que me dijo: “Mira, Abi, yo ya las bases que tenía que darte te las di”. Porque él no es cantante. Él es director de óperas, es director de orquestas, es repertorista, pero no es cantante.
Muchos venezolanos, como es el caso de Abigail, vinieron a Uruguay desde Brasil. Al cruzar la frontera, por el estado fronterizo de Bolívar, toman un avión desde Boa Vista hasta Porto Alegre. Una vez allí, un viaje de doce horas en autobús los deja en la terminal de Tres Cruces, en la capital. Este camino ha sido testigo de la partida de muchos venezolanos que vienen a Uruguay o Argentina, o que deciden quedarse en Brasil. Actualmente, según el censo de 2023, suman 32.939 entre migrantes y refugiados del país caribeño que viven en la Banda Oriental. Buscan un mejor futuro.
En la vida de Abigail, casi siempre hay dos opciones que la interpelan. Antes de venir a Uruguay, pensaba ir a Argentina. Una vez en Montevideo, tuvo que elegir entre la ENAL o la Universidad de la República. En lo que nunca se le presentó otra opción fue en cambiar de carrera en Uruguay, sabía a lo que venía.
¿Qué fue lo más difícil de dejar atrás?
Yo en Uruguay, cuando llegué, llegué muy feliz. A mí me empezó como la nostalgia del tiempo. Porque al principio es como que… el impacto. Guau, ¡otro país, otra cosa! Aparte que a mí me encantan Uruguay y Argentina, el acento. Desde niña. Yo veía todas las series argentinas. Entonces escuchar a la gente hablar, verlas caminar. Aparte nosotros llegamos en pleno invierno. Y a mí me encanta el frío: ver los paisajes con todas las hojas caídas de los árboles. La gente vestida de invierno. Para mí era muy genial.
Los primeros días no lo padecí. Después empecé a conocer gente, a trabajar y todo. Ahí fue que empecé a caer en cuenta de las cosas que había dejado. La familia siempre se extraña. Pero yo ese sentimiento lo bloqueé para poder seguir adelante porque estaba sola.
Muchos migrantes nos enfrentamos a la llamada “descalificación laboral”. Esto ocurre cuando, teniendo un nivel de formación, te corresponde trabajar en “cualquier cosa” para poder sostenerte en el país que te acoge. No fue distinto en el caso de ella: por un año y medio tuvo que trabajar durante nueve horas, cinco días a la semana, en una fábrica de dulces como repostera. Acá no la pasó tan bien porque llegó a escuchar de algunos compañeros que “los venezolanos venían a quitarles el trabajo a los uruguayos”. Pero ella, con sus objetivos claros, entendía que todo era momentáneo, que las notas musicales en el sur aguardaban su voz para ser entonadas.
Para llegar a donde está, tuvo varias experiencias musicales que le permitieron integrarse a la dinámica artística uruguaya: cantó en el Ensamble Oikos, participó de algunos conciertos y óperas, dio clases de canto particulares… Actualmente Abigail, o Abi, como le dicen sus amigos, trabaja con la música a tiempo completo. Es docente y directora coral en un colegio y canta en el Coro Nacional del Sodre dirigido por Esteban Louise. Hoy, para Abigail, el coro es más que un lugar de trabajo: lo ve también como un espacio para hacer lazos, para drenar y para entrenar su voz.
¿Tuviste alguna experiencia difícil que el canto o el pertenecer al coro te ayudó a superar?
Me pasó dos veces, la primera vez muy fuerte. Yo audicioné en el 2019 pero ingresé en el 2020, justo en la pandemia. Nosotros estuvimos en la asunción de la presidencia de Lacalle y cantamos el himno en el Palacio Legislativo. Era la primera vez que yo iba a cantar con el coro. Yo no había cantado nada con el coro hasta ese momento. Resulta que mi mejor amigo tenía cáncer y se lo diagnosticaron el 1 de enero. Estuvo muy mal y yo venía medio mal por eso, aparte que yo no había podido hablar mucho con él (…). Yo estaba por salir a cantar el himno y me llegó un mensaje que decía que había muerto. A mí se me trancó todo, se me empezó a ir el aire. En eso, una de las compañeras —yo era nueva, no tenía ningún amigo [en el coro]— se dio cuenta, me agarró del hombro y me dijo: “¿Estás bien?”. Y yo le dije: “No, no estoy bien, me acaba de llegar el mensaje de que se murió mi mejor amigo”. Ella me abrazó y me preguntó de qué se había muerto. “De cáncer”, le dije. Ella me dijo: “¿Sabes? Yo tengo cáncer y es una enfermedad difícil, yo tuve cáncer de senos y tengo ahora cáncer de pulmón, respiro muy poco, pero bueno, hay que seguir adelante, nosotros tenemos que seguir luchando”.
Me dijo unas cosas tan lindas en ese momento que me fueron calmando y me hizo que no llorara porque, si yo lloraba, iba a salir a cantar así y, aparte, iba a ser grabado: se me iban a ver los ojos hinchados, iba a estar llorando. Pero ella me ayudó a calmarme, me dijo: “No, tranquila, todo va a estar bien”. Ella se llama Anabela, se llamaba, porque ya murió de cáncer.
Cuando canté fue como que drené. Por eso yo digo “gracias, Anabela”. Se me pasó. Después que terminó todo, me vine a casa y ahí sí me desplomé pero, en ese momento que necesitaba estar de pie, ella me ayudó mucho.
La segunda vez que Abigail recuerda cómo la comunidad del coro y el canto fueron importantes para ayudarla a sobreponerse fue en el período de las elecciones del 28 de julio de 2024 en Venezuela. Ella era solista en el Stabat Mater de Dvorák, obra que versa su contenido en el padecimiento de María al pie de la cruz de Jesús. Abigail mantenía las esperanzas de que el 28 hubiese un cambio en Venezuela y ella pudiera ir a visitar a sus padres. Pero vio sucumbir sus esperanzas en el denominado fraude electoral encabezado por Nicolás Maduro contra su adversario Edmundo González Urrutia. Ante la tristeza que le produjo este evento, como toda una profesional, pudo cantar: cantó con el dolor de María y con el suyo propio.
El exilio no ha opacado los logros en su vida, proezas de las cuales se siente profundamente orgullosa. Haber formado una familia con su pareja es para ella sinónimo de tranquilidad y una enorme conquista. Además, después de casi seis años de estudio, se graduó en 2024 y está redefiniendo su carrera: ha pensado en viajar a Europa para adquirir experiencia y, en un futuro no muy lejano, tener su propia academia para hacer lo que más le gusta además de cantar: enseñar.
Casi al final de nuestra charla, se acerca Carlos y conversa con nosotros. Ambos me hablan y yo me pierdo un poco viendo hacia el río que tienen de fondo. Aguas que han sido protagonistas de descubrimientos y naufragios. Para transitarlas, solo hay que vencer el miedo, aprender a navegar y atreverse a zarpar.
Texto de Jhonny Castillo
Fotografías de Diego Cortez