Efuka

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Es curioso, pero para los latinoamericanos África parece un continente distante. No solo por razones geográficas, sino también por el poco conocimiento que tenemos sobre su cultura. Sin embargo, África forma parte de nuestro origen, de nuestra formación sociohistórica como región.

Dentro de esa marcada distancia —que se ha ido acortando con la globalización—, personas como Efuka, migrante congoleño que vive en Uruguay desde 2007, vienen a refrescarnos la memoria.

Si escribes el nombre de “Efuka Lontange” en Google Uruguay, vas a encontrar resultados al menos hasta la quinta página. No es casualidad: desde 2007, él se ha encargado de dar a conocer parte de la cultura africana -sobre todo de la parte subsahariana- en Uruguay. Si bien nació en la República del Congo, viene desde Francia, porque vivió allí desde que tenía 12 años. El padre de Efuka era diplomático y fue enviado desde su país de nacimiento a París para trabajar en la embajada. Efuka define su infancia como “privilegiada” gracias a la profesión de su padre, aunque el cambio fue duro, ya que sufrió el desarraigo de su tierra natal.

¿Cómo recuerdas tu infancia? Sobre todo, en la etapa que viviste en Francia. ¿Cómo fue el choque entre tu cultura y la cultura francesa en general?

Tuve la suerte de que no vi racismo. Fui medio privilegiado. Pero vi un cambio en la relación con la gente, porque yo venía de un país donde la tradición, el respeto a la gente mayor y todo eso eran muy importantes; algo que era difícil de encontrar en Francia. Mucho relajo, eso fue lo primero. Y también que no había muchos africanos para la época en París.

Todo el mundo te quería tocar para saber si el color se iba. Fue así, sí. Es difícil. Para mí fue difícil porque salí de un contexto que no tenía nada que ver con Francia. En la casa sí comíamos cosas africanas.

Fue a través de mi madre que intentábamos conservar la cultura. Porque escuchábamos la música del país en grabaciones. La música nos ayudó a guardar la cultura.

La danza y la percusión no representan para él una práctica ni una técnica: son un estilo de vida que combina ser y espíritu. Ambas han sido los vehículos para moverse por el mundo. Recuerda que su bisabuela era curandera y preparaba remedios y soluciones para diferentes males. Nació inmerso en un imaginario donde las plantas, los animales, la naturaleza y los seres humanos eran parte de un todo. “Mi bisabuela se levantaba en la mañana para ir a buscar plantas en la selva. Eso sí, debíamos levantarnos muy temprano para ir a la selva, no hablar con la gente que cruzábamos. Cuando ella llegaba ahí, empezaba a hablar con las plantas antes de tomar una planta”, recuerda Efuka, haciéndonos saber la importancia de esta práctica.

Su vida en Francia tenía un aire de normalidad, gracias a la protección de su padre. Sin embargo, al cumplir dieciocho años, su padre fue trasladado a otro país y él decidió quedarse en París porque “tenía muchos amigos”. En esa etapa, la metrópolis comenzó a evidenciar ciertos signos de racismo. No es que antes no los tuviera, pero en este periodo, al estar más independiente y más maduro, los comenzó a notar mucho más. Teniendo la mayoría de edad, se mudó a una residencia universitaria y empezó a estudiar Relaciones Internacionales. Durante esos años de desencuentros, se encuentra nuevamente con la danza, desde un lugar más institucional.

¿Cómo fue tu encuentro con la danza en París?

Un día, un amigo me dijo: “Vamos a ver una clase de danza africana”. Fuimos a la clase de danza africana. Entramos en la sala y escuchábamos desde lejos el ritmo. Ese era el ritmo que yo escuchaba en mi país, con mis abuelos. Entramos y había treinta blancos. Un profesor africano que mostraba el mismo paso. Y, sin permiso, me fui a bailar. El profesor me preguntaba: “¿Tú eres del Congo?”. Y yo le dije: “Sí”. Y él me dijo que bailaba bien. (…). Y ahí él me dijo: “Yo tengo trabajo para ti. Tengo un ballet de danza africana del Congo”. Y yo dije: “Ok, ¿cómo vamos a hacer?”. “Acá mismo, tú vienes el domingo a la tarde”. Y fui el domingo y ahí empecé a bailar. Claro.

¿Y eso te hizo cómo adaptarte mejor al país donde estabas? A Francia.

Sí, porque era un ballet profesional. No había muchos africanos, pero había gente de las Antillas Francesas. Él buscaba africanos. A partir de ese momento, comencé a estudiar y a trabajar; y la universidad le dije “chao”. Las 

Relaciones Internacionales quedaron allá. Mi padre me decía: “¿Cómo vas a vivir con la danza?”

Bueno, pudiste vivir de la danza.

Acá [en Uruguay] es difícil. Pero he podido, si. 

Alguna vez escuché a un psiquiatra decir que cuando una persona descubre en la adultez que fue adoptada, su primera reacción, tras el impacto inicial, es buscar a sus padres biológicos y conocer su origen. Efuka, al entrar en la adultez y volverse más consciente y responsable de sus decisiones, como alguien adoptado por otra cultura, buscó reconectar con su origen a partir de su primer encuentro con la danza africana en París.

Como un vehículo que lo impulsó a cruzar el Atlántico, fue precisamente la danza la que trajo a Efuka a vivir en Uruguay en el 2007. “Había tres artistas afrodescendientes acá. Uno de ellos era Sergio Ortuño, referente del Candombe. Él me vio en la televisión en Francia. Y después habló con la gente: ´Nosotros queríamos encontrar a ese hombre`. El manager buscaba mi número y todo eso. Organizaba los encuentros. Ellos me decían que era bueno que yo viniera a Uruguay. Yo no hablaba español, sabía que sería complicado. Ellos dijeron que era fácil de aprender. Hicimos un proyecto llamado Triangulación Cultural, un intercambio entre tres continentes: América, África y Europa. Vine a través de ese proyecto”.

¿Cuál es la primera impresión que recibes de Uruguay y de los uruguayos?

Como migrante africano que vivió en Francia. La primera pregunta es “¿de dónde vienes?¿Y qué haces acá?”

Si a nosotros nos preguntan, que somos venezolanos y estamos acá cerca, imagínate a ti.

Fue buena la experiencia. Cuando llegué había mucha gente del mundo afro. Siempre me cuidaban. Tenía esa protección que conservo hasta ahora.

¿La protección de la comunidad?

La protección de la comunidad afrodescendiente, sí.

¿Y cómo ves tú la comunidad afro en Uruguay? O lo afro en general.

Lo afro en Uruguay conlleva mucha lucha, porque también hay discriminación. No se ve todo, pero hay. La suerte que tengo es que viví en Francia y llegué acá cuando empecé a ver eso. Pero yo hablo y acá encontré que la gente no habla, ¡no habla! La gente no habla de eso. Pero yo, cuando miro que las cosas no funcionan, hablo directo. En Francia es así: tienes que hablar. Si no hablas, no funciona. Pero acá la gente no habla, guarda muchas cosas. Para mí, es una forma de sufrimiento, en guardar, en no poder hablar. No sé por qué, pero yo respeto. Eso no solo se vive en Uruguay; lo he visto también en otros países, que la gente no habla o no reclama. No sé si es un tema de miedo o algo así.

Mi primer encuentro en persona con Efuka fue en su hogar. A pesar de ser una noche fría de invierno, vestía una camisa de entramado colorido que rompía con la hegemonía estética invernal uruguaya y un kufi (sombrero africano). Para nuestro proyecto, nos planteamos la idea de que el arte y la comunidad estaban íntimamente relacionados con la resiliencia de los migrantes. Sin embargo, para Efuka, el arte no es una herramienta para sobrellevar la migración; el arte es, en sus palabras, apenas una expresión del sentido espiritual que lo ha acompañado durante su recorrido de vida. 

Sin lugar a dudas, la comunidad afro en Uruguay sigue ganando terreno en su lucha por ser reconocida. Efuka destaca la unidad que la caracteriza: elemento clave para ganar espacio en el universo simbólico y cultural uruguayo. Sin embargo, él no deja de observar con preocupación ese silencio que dificulta el avance.

La figura de Efuka evoca la presencia de un maestro, no solo por sus sabias palabras, sino también por su porte. Durante la entrevista, gran parte de sus frases poseían un sentido filosófico que invitaba a la reflexión. Pero hubo un momento en que la estructura de la charla se quebró ligeramente: cuando nos contó sobre su compañero de casa, originario de Camerún. Su gestualidad cambió sutilmente al mencionar que, además de compartir hogar, su compañero era cocinero y preparaba ocasionalmente platos africanos. En ese instante, comprendí que la resiliencia de Efuka también se nutre de los lazos cotidianos y los sabores compartidos que, como un eco ancestral, lo conectan con África, incluso en la lejana Montevideo. 

Textos de Jhonny Castillo

Fotografías Diego Cortez